Diálogo contrarrevolucionario en una cola de Centro Habana

"El 15 de noviembre vamos para la protesta, así no se puede vivir"

Algunos hacen una parada para comer mientras esperan que avance su turno en la cola de la tienda Maisí. (14ymedio)
Algunos hacen una parada para comer mientras esperan que avance su turno en la cola de la tienda Maisí. (14ymedio)

Es sábado al mediodía y un grupo de personas se reúne en una cafetería en la calle San Francisco, en Centro Habana. Algunos hacen una parada para comer mientras esperan que avance su turno en la cola de la tienda Maisí, donde han aparecido productos que llevaban meses sin venderse en moneda nacional. Con la llegada de varios clientes, el local privado se convierte de pronto en una pequeña sala de debate.

Un adolescente se queja con su padre por el precio de las pizzas, "40 pesos papá, ¡de madre! Antes costaban un peso convertible (24 CUP) y uno se quejaba. Ya en este país no se puede vivir", asegura en voz alta. "Por eso el 15 [de noviembre] para la protesta, allí gritaré ¡abajo el comunismo!", añade sin percatarse de que en la cafetería también hay dos policías.

El padre mira casi de manera instantánea a los uniformados temiendo lo peor. Aunque los agentes llevan allí bastante rato, los empleados se han demorado en atenderlos, una de las formas de rechazo popular hacia las fuerzas del orden que cada vez se ve con más frecuencia en las calles cubanas, especialmente después de la violenta represión de las protestas de julio pasado.

"No regañe al muchacho que alguien debe decir algo para ver si esto cambia, callados no resolvemos nada y la juventud siempre se impone"

"No digas esas cosas, te van a oír", advierte el padre y con la boca hace una mueca para señalar a los policías. "No regañe al muchacho que alguien debe decir algo para ver si esto cambia, callados no resolvemos nada y la juventud siempre se impone", intercede otro cliente. Varios rostros se viran hacia la escena que va dejando en un segundo plano las pizzas, los batidos de fruta y los bocaditos de jamón.

"No sé para qué se hace, si él estuvo el 11 [de julio], los dos estábamos allí, el barrio se quedó vacío", contesta el jovencito de manera burlona en alusión a la participación de ambos en las manifestaciones de aquella jornada. La cara del padre está roja y dirige su mirada del muchacho a los policías que miran hacia el techo como si no hubieran escuchado nada.

Una mujer también participa en la conversación: "Claro que hay que ir a la marcha", dice con determinación. "Miren esto mismo, ¿cuánto tiempo hace que no vendían productos de aseo en el barrio? Se sabe que todo lo que están vendiendo hoy es para calmar los ánimos, pero yo los compro y luego voy a protestar ¡cómo la primera!". Todos ríen mientras se alejan con sus pizzas en la mano hacia la tienda.

Los policías son prácticamente los últimos en agarrar sus pedidos.

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